lunes, 8 de marzo de 2021

Julio Faúndez Herrera: "Rain" (Extraído de "Bulevar Venus", 2020)



Rain


Ella nace en el sitio más apartado a mi tristeza
ocupa un gran trozo de todos los días
viene de mares dominados por bosques al amanecer
de recuerdos celestiales anidados en los rincones de mi pecho

Historias de hadas y de flores 
                                           que mis tardes de soledad olvidaron incendiar…
Ella tiene colores de abandono y de calma 
                                                                    como un arco iris

Cuando llega
                      pareciera que se abren jardines en mi alma
                      pareciera que se escuchan campanas en el cielo
tiene el encanto de anochecer las cosas con su presencia

Al contemplarla
                       pienso que todos de algún modo la esperan
y no puedo
            no puedo impedir que el mundo se derrumbe ante mis ojos                                                                                                                                                        como una lágrima

Una parte suya posee todos mis sueños
su otra parte la desconozco
                                           pero sé que es la más bella

Al marcharse 
                       pareciera que mi aliento se marchara con ella...
Pero todo lo que deja en el aire 
                                             se vuelve aún más claro, aún más infinito
                                                                                                              como su huella.






 



Paula Labra: "Demasiadas Vidas Bailando Juntas" (Extraído de "Demasiadas Vidas Bailando Juntas", 2020)

¡SEREMOS VIDAS, DEMASIADAS VIDAS

BAILANDO JUNTAS!



Fui engendrada en invierno… Para tener huesos finos y resistentes… Para equivocarme las menos veces posibles… Y para alcanzar la felicidad antes de los veintiuno. 

Fui engendrada en invierno… Para despertar con el aliento tibio, sosegado… Aunque mis mejillas y mis labios se encogieran por falta de luz en la habitación.

Fui engendrada en invierno… Para no temer al aullido del viento y esperarlo en mi propia cama, con el cabello cepillado, reluciente… Y el pecho florecido de ternura.

Fui engendrada en invierno… Para perdonar al destino, con sus cambios de sábanas y sus cambios de humor. 

Fui engendrada en invierno… Para crecer sigilosa como las gotas de lluvia y caminar descalza y desnuda, sin avergonzarme, sin detenerme en los gritos de la calle. 

Fui engendrada en invierno… Y consentida en todos mis antojos: Aunque escabullirse a oler los jardines húmedos por las noches resfriaran los pies de mi madre… Y me obligaran a llegar antes de tiempo.

Fui bautizada cada semana, cada mes, cada minuto antes del parto… Y celebrada a sollozos por mi padre, cuando mis deditos se asomaron completos, colorados y entregados a las más verdes primaveras de los hombres.

Fui observada constantemente… Y perseguida, en mis horas de sueño, por todos los ojos de colores que los muñecos de loza vaciaban en mi cama… Y los corazones de betarragas adornaron mis desayunos, mis almuerzos y las colaciones de los recreos más bulliciosos.

Fui levantándome de a poco… Con sed, con deseos propios… Bañándome en todas las fuentes de las plazas, en cuanto mi cuerpo sentía calor y sed… E intercambiando mi uniforme de colegio y las medallitas de las vírgenes por vestidos brillantes, que las gitanas me ofrecían al pasar.

Fui víctima del primer intento… Víctima de un amor delirante, víctima de una madre perfecta… Yo, hija imperfecta.

Crecí inocente… Aferrándome a las navidades repletas de magia y a los pisos de madera, con duendes dormidos en ellos. 

Crecí con la imaginación frondosa… Armando moralejas con los puntitos de polvo en las vacaciones de Septiembre… Desgranando mi cuerpo en los oídos celosos de mis polleras y mis enaguas… Y abandonando mis calzones en el último patio de la casa: Un patio oculto al que sólo yo sabía llegar.

Crecí con hermanas… Hermanas de cuerpos blancos y miradas sordas… Hermanas que llegaron en los buenos y en los malos momentos… Hermanas recolectoras de mariposas azules que se deshacían durante el invierno… Y de palomas huérfanas que nos abandonarían al corto tiempo, llevándose de nuestros platos el pan y la felicidad.

Crecí con hermanas… Hermanas de la misma madre… Del mismo cariño y de las mismas aguas en donde se remojaban las betarragas y los antojos. 

Y tejíamos una fiesta silenciosa por las noches... Para bailar siempre juntas… Sin aceptar la música de otras voces, sin aceptar la invitación de los extraños que se trepaban a las murallas de nuestro antejardín… Para mirarnos jugar.

Y tejíamos coreografías de colores por las noches… Para pintar todos los paisajes del año en nuestros camisones y escoger el que necesitáramos al amanecer… Con las frutas y los árboles brotando desde los colchones… O con las hojas cayendo sobre nuestras cabezas.

Así sería mi vida, así sería mi vida, de ahora en el adelante… Bailando para no crecer… Con una cuidada rutina de jabones frescos y ombligos ciegos y tazones de avena y miel… Para que ninguna de mis hermanas fatigara sus ánimos, al descubrir una casa marchita.

Así sería mi vida, así sería mi vida, de ahora en adelante… Con un lecho de profundas heridas para colmarse de fantasías y, sobre todo, con hermanas amarradas a mi sangre.


viernes, 19 de febrero de 2021

Paula Labra: "Facundo" (Extraído de "Demasiadas Vidas Bailando Juntas", Hombre Elefante editorial, 2020).

FACUNDO.



Tenía 11 años la primera vez que ayudé a partir a un animalito. Se llamaba Facundo y era un quiltro de patas cortas que me había seguido a la casa.

Fuimos inseparables un buen tiempo hasta que, en una de sus andanzas, un auto lo atropelló y le quebró la columna.

Lo pusimos en una cunita y llamaron al veterinario: Pensé que vendría a sanarlo, a ponerle un yeso, inyecciones, algo... Luego comprendí que no, que vendrían a quitármelo.

En un acto de rebeldía, me encerré con él en mi pieza. Abracé su cunita muy fuerte y me cubrí la cabeza con una sábana.

El canto de un organillero se escuchaba desde el patio trasero, a la vez que mi madre golpeaba la puerta con impaciencia. Y a medida que el sonido perezoso abrazaba todos los muebles de la casa, esa impaciencia se transformaba en rudeza y enojo: 

- ¡Entonces no lo quieres, si lo quisieras lo liberarías de su sufrimiento! ¡Sal de ahí, no seas egoísta! ¡Y acompáñalo cuando el veterinario llegue! ¡Y despídete! ¡Y dale las gracias porque fue un buen perro!

Mi Facundo me miraba con sus ojos saltones y tiernos. Su cuerpo temblaba debajo de las sábanas, mi corazón también... Entendí que me suplicaba.

Lo acaricié mientras lo dormían:  Yo tenía angustia, miedo y quería escapar, pero el Facundo no lo supo. No lloré delante de él, al contrario, le dije muchas cosas bonitas en sus oídos hasta que ya no respiró.

No quise hablar con mi mamá durante un mes. No sé por qué. Me sentía enojada, triste e inútil.  Como si algo oscuro y árido masticara los latidos de mi garganta.

A lo largo de los años he tenido que ayudar a muchos en su partida: Gatitos, perros, pájaros... Algunos míos... Otros, encontrados en la calle… Desnutridos o sin fuerzas… ¡Muchos!… Y cada uno de ellos es como mi Facundo de ojos saltones… Y a todos les digo cosas bonitas en sus oídos hasta que ya no pueden escuchar.

Pero ya no me queda esa pesadez en el cuerpo como la primera vez. Y no enmudezco desorientada y llorosa. Algo de aquella confusión de niña se calma un poco: Debe ser porque hay un dolor menos que suplica, un Facundo menos que agoniza.