jueves, 31 de diciembre de 2020

Julio Faúndez Herrera: Tristeza y aversión a las casas solas (Extraído de "Estilo y Destrucción", tercera edición, 2020)

 


Diógenes de Sinope


Tristeza y aversión a las casas solas



A mí esta casa no me gusta
a mí esta casa no me quiere

El espejo se triza sin explicación alguna
                                                       las ampolletas revientan sin causa aparente

Esta casa me angustia
                       me angustia con desvelos y agonías
                                            de impensadas puertas que se cierran para siempre

Hay vecinos que discuten con violencia 
                                                        y goteras que prosiguen su caída inexorable
en fin
          un olor a cansancio y a derrota 
                                                             manchando las paredes de un líquido triste

Esta casa no sucede
                                   no rinde frutos

A mí esta casa no me gusta
a mí esta casa no me quiere 
                                                 y ¡No hay caso!
                                                                         ¡No me conformo!

En ocasiones llegan mujeres de visita
mujeres que se sientan, sonríen
                                      y me extienden con orgullo un corazón agusanado
mujeres 
              que recuerdan halagadas al gran amor de su vida
¡Y después me enseñan fotografías de sapos o de príncipes deformes!
Mujeres 
              que de pronto abren sus hermosos ojos verdes 
y se retiran
                 huyendo despavoridas
                 maldiciendo el tiempo perdido o el deterioro psicológico

Esta casa no entiende    
                             no entiende de días repartidos por el suelo 
                                                                                    como hojas de periódico
o de gatos que nunca me dirigen la palabra                                                                                                  o de plantas misteriosas que me absorben el oxígeno

Y aunque organice fiestas primorosas
                                                      o atesore cumplidos en todos los baúles
esta casa no me gusta
                                 porque es una casa vacía:
Una casa ignorada
                                 una casa sombría
una casa extraviada
                                 en la soledad de un país indiferente…
Una casa sin objeto
                                 en un mundo 
                                                   que tampoco me quiere.  


jueves, 17 de diciembre de 2020

Paula Labra: "Declaración de Amor" (Extraído de "Demasiadas Vidas Bailando Juntas", Hombre Elefante editorial, 2020).





DECLARACIÓN DE AMOR.


Una llamada tuya… Octubre del 2000… estábamos distanciadas:

- Hija, tu papá tiene cáncer, ven a la casa… pasa su cumpleaños con nosotras y despídete.

Anudé un bulto con mis cosas, deposité a mis esquivos gatos dentro de un morral, al que agujereé previamente, y partí. Los gatos podían respirar bien, pero a través de los pequeños orificios jamás reconocerían el camino de regreso. A ellos y a mí, nos esperaba lo incierto de la pérdida.

Me encontré con mi pieza de chiquilla, llena de almohadones rosados y libros con pétalos secos atrapados en las hojas. El aroma de las cortinas era confuso, algo añejo, como si mi espíritu de niña estuviese enjaulado desde mi antigua fuga, esperándome. Me acomodé rápidamente. Los gatos también, aturdidos y exhaustos.

Por la tarde, con mis hermanas, llenamos de globos la casa y dejamos resplandecientes los vidrios de todas las ventanas, para que el sol quisiera acicalararse en ellos un buen rato. 

Al cubrir la mesa, buscamos un mantel elegante con diseños de navidad. Y preparamos muchos pancitos de huevo con pimentón y aceitunas. 

Entre tanto, mi padre cruzaba la calle para llegar al almacén. Iba con pijama, pantuflas y una bolsa de género que cambiaba de mano, cuando alguien se acercaba a saludarlo:  Ya no se quitaba el pijama para pasear por el barrio. Ya no necesitaba zapatos ni combinar las camisas con las corbatas, ni cubrir su cuello del frío para detenerse a conversar con la gente. El pijama le bastaba para recorrer todos los almacenes.

Por años, solo había saludado a sus vecinos algún fin de semana y no tuvo tiempo de reconocerse en ellos cuando envejecían. Nunca tuvo tiempo para reconocerse en ellos ni en nosotras. Trabajaba sin parar.

Al verte salir, calmo y liviano, supe que partirías pronto... Que había llegado apenas a tiempo para celebrarte... Y que tus trajes almidonados se quedarían en el antiguo clóset, esperando que alguien de tu misma talla los necesitara. 

Cuando todos los globos estaban fatigados y silenciosos, cuando ya amanecía, y tú y yo no lográbamos dormir, te dije que te amaba por primera vez… Me miraste risueño, pero tus ojos estaban grises y atormentados. 

Comprendí que no querías irte aún y que, a pesar de tus compras amables por el vecindario, tus temores caían en desesperación cuando llegaba la noche.

Luego de eternas jornadas de rezos e invocación a brujos sanadores, el cáncer te dio un respiro amoroso. Casi tres semanas. Y en el preciso momento en que la ilusión del milagro comenzaba a inundarnos, el dolor te atacó por la espalda con toda su furia: Mientras la primavera transformaba los colores de la calle y los jardines más opacos, una ambulancia pasó por ti y ya no regresaste.

Recuerdo que desgranabas kilos de habas, que habías comprado en la feria por la mañana, y que los animales de la casa te rodeaban. Ya te gustaba estar en la casa. Los aromas de la cocina despertaban tu apetito y zurcías calcetines impares e historias sin tiempo, después de almorzar. 

En todas tus anécdotas aparecíamos nosotras (tus hijas) muy pequeñas, tomadas de tu enorme mano, siempre. En todas éramos niñas, en todas nos prohibiste crecer.

Cincuenta y cuatro años fueron muy pocos para conocerte, muy pocos para dejar de ser una hija ausente. 

Una breve declaración de amor, y te fuiste.