martes, 6 de octubre de 2020

Paula Labra: "Una Bienvenida Inesperada" (Extraído de "Demasiadas Vidas Bailando Juntas", 2020).



UNA BIENVENIDA INESPERADA.


¿Y qué te rescató del naufragio?
Mis recuerdos …
La infancia bajo el gran árbol de damasco
y todos los quiltros que amé y que me amaron.


Cuando niña, y al llegar a mi nueva casa, me sentí la extraña del barrio. Tenía un cuerpo flaco y aturdido que apenas daba un paso hacia la calle. Comenzaba a crecer desordenadamente.

Las muchachas de las casas cercanas me observaban con curiosidad y desconfianza; y cuando se reunían en grupo para jugar me dejaban fuera, diciendo que debía cambiarme de ropa para parecerme un poco a ellas o jamás me aceptarían.

Yo no tenía ropa como la de ellas, ninguna hermana en mi familia tenía ropa como la de ellas… ¿Qué hacer para jugar acompañada? 

Anhelaba cruzar la reja de mi nuevo jardín, anhelaba explorar otros juegos y deletrear el idioma de las niñas que habitaban fuera de mi nido.

Había nacido en una casa grande y sombría (en la calle República) con patios hacia dentro y con ventanales circulares, que no me dejaban ver por completo el cielo.

Al llegar a esta casa, las cortinas no eran suficientes para cubrir los anchos vidrios y tenía de golpe todos los colores de las estrellas y de las estaciones. Eso me asustaba, pues no sabía cuántas veces debía parpadear para no quedar ciega. 

Necesitaba que alguien de mi edad me ayudara a descifrar mis nuevas sensaciones, necesitaba que una mano comprensiva me ayudara a navegar fuera de mí misma, pero… ¿Qué hacer si no tenía ropa como las de las otras niñas? 

Yo estaba dispuesta a tolerar los juegos más bruscos, estaba dispuesta a trenzarme el cabello severamente aunque me doliera la cabeza, estaba dispuesta a sumergir mis manos y mis uñas en la tierra espesa, con tal de no parecerme tanto a las mujeres antiguas y solitarias de la calle República.

Pero todos mis intentos de meses caían en la total indiferencia. Cuando terminaban de regar la plaza y la ronda se armaba, mi acento se tornaba insignificante, cabizbajo y apartado como la piel de una maleza seca y olvidada, mientras el resto de las niñas se turnaban para bailar, reír y celebrar en el centro de la ronda. 

Una tarde de otoño, y cuando muchas de mis vecinas salían de sus casas comiendo pan con dulce de membrillo y aún no se quitaban el delantal del colegio, un animal descomunal ocupó el centro de la ronda y de la plaza sin pedir permiso: Era un gran danés de pelaje castaño, ojos oscuros y lengua pegajosa. 

Llegó corriendo, sus patas de caballo jugaban en la pista de la ronda sin cesar y sin obedecer la voz de su dueño quien, a lo lejos, intentaba que regresara a su lado.

Llegó corriendo, deseoso de aventura, levantando el polvo de añejas coreografías y desordenando el ánimo de las niñas que gritaban llenas de terror.

Cuando el animal se acercó para olfaterarlas, muchas soltaron su pan con dulce de membrillo y otras tantas escaparon desesperadas, al mirar cómo su saliva de perro-niño les mojaba los delantales, las piernas y los zapatos.

Nadie parecía conocerlo. Había llegado al barrio unos días antes y se le había escapado a su dueño al abrir el portón de la casa. Se había escapado para recorrer su nuevo mundo, sin escuchar a nadie que quisiera detenerlo. Se había escapado vestido de su saliva alegre y su torpe salvajismo: Para oler los jardines, la tierra y los colores de los otros perros. 

Yo me quedé allí, inmóvil, dejando que su nariz sedosa y fría me inspeccionara. Me quedé allí, con la carne palpitando, clavada a las rondas que se deshacían, clavada a la sensación de júbilo que su cuerpo gigante me provocaba. Me quedé… embelesada por largos minutos, entregada al misterioso afecto con que esos ojos cándidos me envolvían.

Y reí, con el alma embriagada de suspiros, acariciando la briosa energía de aquella criatura inmensa que, por fin, me daba la bienvenida.


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