martes, 20 de octubre de 2020

Paula Labra: "Cura de Sueño" (Extraído de "Demasiadas Vidas Bailando Juntas", 2020)



CURA DE SUEÑO.


“Para aquella, a la que dejé ir y a la que no deseo regresar.
Y para esa otra, que se quedó observándola en la bruma,
aferrada a su maleta de bellezas y miserias…”


Regresé para llevarme un par de cosas. Ya había firmado los papeles necesarios.

La voz de la mujer que regresó conmigo me preguntaba, con dulce apuro, que “qué quería yo poner en mi bolso”, al tiempo que recorría con agilidad todos los cajones del departamento. 
Los ojos de aquella mujer eran hermosos, grises y muy abiertos. Tomó a mi gata en los brazos, la envolvió en una manta y le besó la nariz, mientras le decía: 

-Yo te cuidaré bien, te daré comida muy rica.  

Noté que la gata y ella tenían los ojos del mismo color. 

¿Quizás esa mujer era su madre?... ¿Quizás la gata no era huérfana y venían por ella?... ¿Quizás ya no la encontraría cuando terminara todo?... ¿Quizás yo tampoco tendría un lugar donde quedarme, cuando acabaran conmigo?

¿Qué quería yo poner en mi bolso?… Me seguía preguntando esa mujer “de ojos amables”, mientras la gata ya había armado un nido en sus brazos y mi equipaje, que estaba en el sillón, aumentaba a cada minuto. 

No podía llevar tijeras ni “cosas que brillaran” mucho porque era peligroso. 
Eso me dijeron. Y yo contesté “que bueno” a todo. 

Y no recuerdo bien cómo llegué a ese lugar ni quién cargó mi bolso. Sólo sé que me acomodaron en una habitación pequeña con paredes limpias de cuadros y adornos. Desde el baño, un fuerte olor a cloro y jabón me azotó la respiración.
En el closet sin puertas, ni siquiera una pelusa o un rastro de la ropa de alguien que hubiera estado antes que yo… ¡Ni siquiera un atisbo de humanidad que me permitiera descifrar un modo de salvación! 

La cama era estrecha y tenía una colcha con dibujos de estrellas y de soles: Sólo en ese lugar se podía juntar la noche con el día sin que nadie quisiera separarlas.

Dormí por tres días… o me durmieron por tres días. 

Le tenía miedo a las agujas, pero recuerdo que no me resistí. Me estiré en la cama y me quedé muy quieta, esperando que “cualquier acto” detuviera el vómito, que amenazaba con desangrar mi garganta y dejarme muda.

Ya me había puesto el pijama que me habían dado (yo traía el mío, muy “rosado”, pero ellos me pasaron otro, blanco y delgado). Sentí que todas las venas de mi cuerpo se podían ver a través de él… Que quizás por eso debía usarlo, para tenerme dormida tres días y luego tres más y tres más… Y para que la enfermera no perdiera el tiempo buscando lugares en mi cuerpo en donde las agujas no entraran. Y para hacerlo todo rápido, sencillo, menos violento.

Cuando desperté, mis piernas y mis brazos estaban rígidos. Mi lengua, seca y asfixiada, tartamudeaba bajo el filo de mis dientes. No recordaba en dónde me encontraba ni qué sentía antes de abrir los ojos. 

¡Me habían extraído del cuerpo la cabeza y el corazón para que la amargura no tuviera un lugar en donde ensayar su letanía!

Una luz se quedó sobre mi rostro un largo rato y nadie se asomó a quitármela. Al contrario, la puerta estaba entreabierta y un vaso de agua con burbujas azules me esperaba al costado de la cama… ¿Sería una mañana para despertar? 

A medida que la luz crecía en la habitación, las burbujas del vaso cambiaban de color y se volvían ágiles tornasoles, como las escamas de los peces que intentan escapar de una cacería cruenta.

¿Sería una mañana para despertar?... ¿Para reconocer lo que quedaba de mí?... ¿Para caminar con mis pies que, quizás, se habían “encogido” de tánto dormir? 

Me puse una bata para cubrir mi camisón y mi cuerpo del frío. Mi piel se había vuelto verdosa por falta de agua y de comida. 
La bata se adhería a mis huesos y, al salir al patio, me encontré desnuda y con las heridas de mis venas a la intemperie. Mis marcas no le preocuparon a las muchachas que deambulaban cerca. Ni siquiera giraron a mirarme, ni siquiera notaron que mi cuerpo, enjuto y astillado, se parecía al de ellas.

Todas nos parecíamos en ese lugar. Todas teníamos frío. Todas teníamos las carnes delgadas y verdosas. Por eso, no nos deteníamos a mirarnos ni a hablarnos, ni a preguntarnos cuándo habíamos llegado, ni cuánto tardaríamos en abandonar la habitación… Todas sabíamos que nuestras llagas y nuestras historias eran las mismas.

Era la hora de comer con cubiertos. Una sopa humeante en la que nadaban arvejas, fideos y zanahorias me esperaba en la mesa, en un rincón del jardín.
Nadie me acompañaba, estaba sola frente a mi plato. Sólo un arbusto joven,  que vivía en una maceta, detrás de mí, extendía sus dedos para rozar mi cintura y mi espalda. 

Mientras la sopa entraba por mi garganta, sentí que mi pecho y mi estómago recuperaban sus recuerdos, su voluntad y también sus ganas de llorar. 

Un pedazo de pan cayó de pronto al plato y se deshizo entre las verduras. Un resto quedó en el fondo, resistiendo, como los mendrugos de tierra que se aferran a los zapatos cuando la lluvia los arrastra y se desgranan resecos en las alfombras, al día siguiente.
Mis lágrimas también cayeron salando el plato, la mesa y las macetas que, deseosas, desplegaban sus brotes para besar al viento. Todo quedó árido y opaco a mi alrededor. Mis huesos rechinaban.

Dejé que la sopa se enfriara de tanto observarla y traté de “crucificar” a las arvejas con la cuchara. No tenía tenedor, sólo cuchara… ¡Quería crucificar todo lo que entrara por mi boca y no tenía con qué!

Las cucharas me acompañarían a lo largo de mi estadía en aquel sitio: En todas las comidas, las sopas y los flanes azucarados que me dejaban como anzuelo en la mesa, para que regresara al patio y me quedara con los pies y la mirada encogida, soportando la luz.

Cada tres días me sentaba frente a mi plato. Cada tres días el pequeño arbusto intentaba acariciarme. Yo no le correspondía, no lo miraba, no deseaba quedarme a pelear por su cariño con las otras muchachas. No tenía el ánimo ni las sonrisas para pelear por el afecto de nadie más. Todo se me había gastado: Yo misma “crucifiqué mi inocencia”, al escapar de mi casa para seguir a una extraña… Yo misma me puse rodillas y rogué por un amor que ya no me pertenecía… Y me escupieron, me obligaron a crecer en un segundo… Y pagué el precio por traicionar a mi madre y escapar con una desconocida que no sabía demostrar clemencia.  

Era tiempo de visitas. Quizás, desde el mundo exterior, traerían el resto de los cubiertos o las “cosas que brillaban”.  Y nos tentarían para regresar a nuestras propias murallas, fingiendo una cordura que nos liberara de los cuestionamientos, bordando una cortina muda sobre los moretones y los huesos astillados.

Cruzaste por el pasillo y yo estaba sentada, esperando lo que fuera… Te acercabas con tu paso indiferente y tu pelo desordenado... Tenías puesta una blusa delgada con los botones del pecho abiertos… Pero no traías latidos:  Yo ya no escuchaba tus latidos.

La primavera estaba próxima.

Traías una marioneta de madera... La hacías caminar junto a ti e intentabas coordinar sus piernas con las tuyas… Era una jirafa con ojos de muñeca y pestañas espesas… Ella avanzaba tres pasos y luego caía… Se le doblaban las rodillas y caía. 
Tú reías con esfuerzo... Intentando actuar lo mejor posible, al mostrar el hueco que había entre tus dientes frontales… Era una jiraba muy alta, te llegaba a la cintura… Le habían pintado unas manchas marrones brillantes en todo el cuerpo… Tenía una cinta naranja atada al cuello y sus articulaciones rechinaban… Estaban flojas. 

Al llegar a mi lado, me besaste. Pasaste tu mano por mi cabeza, brevemente. Y ocupando el acento monótono de tu voz, me dijiste:

- Es tuya, es como tú, tiene tu cuello… Y tus ojos también… ¡La llevaremos al departamento y la colgaremos en el balcón!  Y pondremos una mesa allí, para que puedan tomar desayuno juntas.  Y hablaremos… con calma.

Acomodaste la marioneta desmayada entre mis brazos y te sentaste frente a nosotras, mirando incómoda a tu alrededor.

Es cierto, la marioneta y yo nos parecíamos… Tú, no te nos parecías... Teníamos los mismos ojos… ¡Tú, no te nos parecías!… Tus ojos eran fríos.

No supe qué contestar, estaba seca de palabras. Temía que al salir de aquel lugar se me doblaran las rodillas. Temía caminar tres pasos y morir en la calle. Ya no recordaba el tiempo en que tocaba el suelo sin temblar…  Ahora sólo tenía una marioneta lánguida, ahora sólo tenía los pies encogidos.

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